Miré el reloj, eran las 9:40 de la mañana. “No!” dije con rabia pues nuevamente el tiempo se me había escapado. Cerré mi computador y salté de la silla. Tenía diez minutos para bañarme, vestirme y arreglarme. Tome la ropa que había alistado y me fui corriendo al baño.
Abrí la ducha y mientras el agua se calentaba me desvestí. Me metí bajo el chorro y me bañé en menos de cinco minutos.
Me vestí sin secarme, me arregle sin mirarme y metí mis cosas en una cartera negra, eran las 9:48.
Le pregunté a mi familia si alguien podría llevarme a la Universidad porque el carro verde se había dañado. Pero estaban muy ocupados y me mandaron con Raúl, en una camioneta gris llena de cajas.
Faltaban cinco minutos para que empezara la clase, exactamente eso nos demoramos en llegar a la puerta de la Universidad.
Le agradecí a Raúl y me bajé casi “al vuelo”, crucé la calle sin precaución y corrí al último piso del edificio mas lejano de la entrada, el Epicuro.
Me demoré cinco minutos en llegar, para mi sorpresa, alivio y rabia, vi que solo un compañero había llegado, me senté a su lado y recobré el aliento.
El profesor llegó 10 minutos después.
21 abril, 2009
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